Kyoto y sus templos

Kyoto fue la primera parada de nuestra ruta fuera de Tokio y supuso encontrarnos con un Japón más tranquilo y pausado del que pudimos disfrutar durante nuestros primeros días en la capital. Nos pareció una ciudad tranquila, donde la vida iba más despacio que Tokio, edificios más pequeños, gente más tranquila y más bicicletas rodando por sus acercas. Evidentemente, Kyoto es también una ciudad muy turística, así que tampoco le faltaba su cuota de turistas extranjeros, especialmente en la zona de los templos.

Elegimos para alojarnos en Kyoto el Capsule Ryokan Kyoto. Un poco más caro que otros albergues y hoteles económicos que nos alojaron, pero alrededor de 40 euros por persona en una habitación doble de estilo japonés. La verdad es que nos gustó mucho. La habitación resultó ser pequeña, pero cómoda, con su tatami y sus futones. Los responsables de recepción nos trataron muy bien, con un buen dominio del inglés, y las instalaciones comunes eran más que dignas –ordenadores con conexión a Internet gratis-, WiFi en la recepción e Internet por cable en las habitaciones, prestando el cable para quien lo necesitara. Muy cerca de la estación y una relación calidad/precio bastante buena. Recomendable.

Después de llegar al hotel y desplegar el mapa que nos habían dado en la oficina de turismo, hicimos dos cosas: La primera, decidir que con todo lo que se nos ofrecía por ver, tendríamos que quedarnos algún día más en Kyoto tras nuestro paso por Hiroshima y Osaka; y, la segunda, planificar perfectamente aquel primer día en una ciudad que cuenta con 17 monumentos incluidos dentro de la categoría de Patrimonio Mundial de la UNESCO que posee la parte antigua de la ciudad.

Templos en Kyoto

El mayor atractivo de Kyoto son sus templos. Muchos, con la gran mayoría de ellos repartidos por las afueras de la ciudad, en la falda de las montañas que la rodean, en convivencia y equilibro con la naturaleza y cuidados jardines que, en ocasiones, llaman más la atención que el propio templo. Son entornos, por lo general, excelentes para disfrutarlos relajadamente, sentarse junto las fuentes, el lago o la parte más relajada que tengan y dejar pasar las horas mirando al edificio principal.

Ryoan-ji Kyoto

Un mapa del parque del templo Ryoan-ji en Kyoto.

Los templos, sin embargo, llega un momento que pueden empezar a saturar. A nosotros, nuestro primer día en Kyoto nos resultaron aún llamativos ya que veníamos de una ciudad como Tokio donde templos como Asakusa casi eran atractivos secundarios de una ciudad fascinante. Pero, a partir de un determinado número de templos, la fascinación se desvanece, el rojo y el dorado que antes maravillaban empiezan a provocar hartazgo y uno ya no le presta atención a las estatuas de Buda salvo que realmente tenga algo que la haga excepcional. Hay que estar muy motivado o tener una formación relevante para poder seguir manteniendo el mismo interés por el décimo templo visto que por el primero.

Lo comentábamos con un chico de Singapur que conocimos en Tokio, casi al final del viaje, y que nos decía que para él era lo mismo cuando viajó a Europa. Veía iglesias y las primeras le emocionaban, pero llegaba un momento en el que ya casi ni percibía las diferencias. Eso sí, pese al tedio que pueda originar la acumulación, siempre hay templos que son de visita obligatoria, como el de Nara.

Nosotros nos decidimos el primer día por visitar tres de ellos: La Torre Toji, Ryoan-ji y Kinkaku-ji, básicamente guiándonos por la proximidad al hotel en el primer caso y la proximidad entre ellos en los otros dos.

Torre Toji

La Torre Toji es una enorme pagoda de madera de cinco pisos de algo más de 54 metros de altura, siendo la torre de madera más alta de todo Japón. La verdad es que se ve imponente desde fuera, pero al entrar al recinto no pudimos más que rodearla dando una vuelta contemplando una imagen en su interior y entrar en otra sala con estatuas de Buda. Muy bonito, en realidad, pero nos esperábamos algo más de un templo en el que habíamos pagado 8 euros por entrar.

Torre Toji

La Torre Toji, el edificio de madera más alto de Japón

El tema de las entradas que hay que pagar para entrar algunos templos parece irrelevante si se piensa en uno sólo pero acaba convirtiéndose en una cifra respetable si se visitan tres o cuatro templos cada día. Y parece aún más respetable si tenemos en cuenta que, por ejemplo, los templos que vimos en Kyoto tenían una estructura similar y reducida: uno o varios edificios relevantes siempre al lado de un estanque y un jardín extremadamente cuidado. Salvo que queramos sentarnos y relajarnos –algo que en alguno de ellos es bastante improbable dada la gran cantidad de visitantes-, podremos verlos en menos de media hora. Cambia un poco el tamaño del estanque o del jardín, pero todo acaba siendo un poco demasiado similar a partir del cuarto o quinto.

El jardín zen de Ryoan-ji

De la Torre Toji nos dirigimos en tren de cercanías a la zona de los templos de Ryoan-ji y Kinkaku-ji, en el noroeste de la ciudad. En Kyoto cometimos un error con el mapa y subestimamos las distancias. Como resultado, acabamos andando demasiados kilómetros. Aunque algunos de ellos tuvieron premio. Por ejemplo, mientras nos dirigíamos de la estación de la JR de Hanazono al templo de Ryoan-ji y acabamos atravesando un barrio de casitas bajas, calles estrechas y recovecos, tan alejado del bullicio que habíamos vivido en Tokio.

En Ryoan-ji nos encontramos con un pequeño templo, sencillo, relajado y silencioso pese a los visitantes que allí estábamos. Un jardín excepcionalmente cuidado con su estanque y sus árboles cuidadosamente podados hasta el mínimo detalle, que servían como marco a un pequeño edificio con diversas salas alfombradas con tatamis y, sobre todo, a lo que acababa siendo su principal atracción: el jardín zen.

Jardín Zen Kyoto

Jardín Zen en el templo de Ryoan-ji en Kyoto

Haciendo la gracia habitual, el jardín zen de Ryoan-ji parece una de esas bandejas con arena y un rastrillo que se han puesto de moda últimamente en algunas oficinas, pero de dimensiones mucho mayores. Puede parecer absurdo, en un principio, que una capa de gravilla con algunas piedras sea un atractivo en sí mismo, pero es sólo cuando nos fijamos en el detalle del rastrillado, en sus líneas rectas y regulares y lo enmarcamos con el edificio que nos acompaña a la espalda cuando encontramos la sensación de paz que, supuestamente, nos debe proporcionar.

Kinkaku-ji, el Pabellón de Oro

A unos veinte minutos a pie de Ryoan-ji nos encontramos con el templo de Kinkaku-ji, que traducido sería el Templo del Pabellón de Oro. Con esta descripción, no es difícil imaginarse lo que nos vamos a encontrar, aunque no por ello deja de emocionar girar por un recoveco del camino y encontrarse de frente con el estanque y, al fondo, el brillante dorado del pabellón principal del templo. Hubiera sido mejor poder disfrutarlo sin tener que hacerse hueco entre las cámaras de otros turistas, pero aun así mereció la pena.

Kinkaku-ji

El Pabellón de Oro del templo de Kinkaku-ji, en Kyoto

Si damos la vuelta al estanque nos internaremos un poco por el jardín y podremos contemplarlo más de cerca. No podremos acceder a él, pero la simple visión del edificio por fuera, con ese color dorado brillante merece la pena la visita.

El tiempo se nos echó encima a la salida de Kinkaku-ji y tuvimos que renunciar a ver otros lugares de interés de la ciudad –la mayor parte de ellos cerraban entre las 4 y las 5 de la tarde-, así que nos decidimos por volver a caminar orientados engañosamente por lo que parecía sobre el mapa una corta distancia y no lo era, hasta la estación de ferrocarril.

En una segunda jornada seguimos visitando templos como el Ginkaku-ji (como os contamos en este artículo)

Bolitas de pulpo y sushi en Kyoto

En el camino, nos encontramos con un hombre que estaba haciendo bolitas de pulpo frente a la entrada de un supermercado y, a falta de la comida que habíamos dejado aparcada entre desplazamiento y desplazamiento, nos lanzamos a probarlas. No deja de ser una variedad local de comida basura, pero hay que reconocer que eran bastante comestibles.

Lo mejor de todo, sin duda, que como no encontramos un banco para sentarnos y comer, elegimos los asientos de una parada de autobús para comer y descansar. Fue curioso. Cada autobús que pasaba, se paraba, nos abría la puerta por si íbamos a subir y- después de unos segundos en los que nos miraban comer como si estuviésemos esperando para decidirnos- cerraban la puerta y se iban, sin decirnos ni una sola palabra, ni un solo comentario.

Descansamos el resto de la tarde y decidimos irnos a cenar a un sushi rodante que estaba en los bajos de la estación de ferrocarril y que nos habían recomendado en varios lugares. El Musashi, que así se llamaba, nos resultó original y agradable, con una enorme cinta por la que iban pasando diferentes platos pequeños de sushi que podías coger y comer a tu conveniencia, pagándolos individualmente a un precio de aproximadamente 1,2 euros por plato –dos sushi o cuatro makis-.

Sin embargo –desgraciadamente- con cada bocado que íbamos probando nos encontramos con la cruda realidad de que, muy posiblemente, los platos que estaban en la cinta llevaban allí rodando bastantes minutos y que no siempre estaban todo lo frescos que cabía desear.

Nuestro proyecto de viaje había cumplido su primer día en Kyoto. Al día siguiente nos esperaba Hiroshima.

2 Responses to “Kyoto y sus templos”

  1. Qué razón tienes, al principio igual que en China lo que más te maravilla son sus templos, con esos colores tan brillantes, pero después de unos pocos… dices, visto uno, vistos todos, lo mejor lo de perderse entre las callejuelas y pasear, que así se descubren rincones que ningún turista ha descubierto y lo mejor de todo integrarse en con los locales. En cuanto a las Takoyaki, o las bolitas de pulpo, recuerdo con especial cariño y mejor sabor a las de Beijing, puesto que en Japón también están ricas, pero no tanto… 🙂

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