Un edificio

Érase una vez un edificio nuevo.

Como en todos los edificios nuevos, llegaron también inquilinos nuevos. Gente agradable, trabajadora. Cada uno de ellos con sus peculiaridades y sus cosas, pero con voluntad de poner de su parte en su convivencia. Fueron unos tiempos de muchos cambios para todos. Todo por hacer, con lo que día sí y día también los pasillos estaban manga por hombro y los sábados por la mañana los taladros que colgaban los primeros cuadros despertaban a los más trasnochadores, algunos de los cuales empezaban ya a ganarse la merecida fama de frecuentar los rincones más oscuros de un vecindario al que la llegada de los nuevos vecinos había dado un nuevo lustre.

Eran otros tiempos. Tiempos en los que aún abríamos el buzón con la ilusión de recibir las primeras cartas con nuestra nueva dirección entre decenas de panfletos que habían conseguido colarnos los carteros comerciales que empezaban a anotar nuestra nueva dirección en la lista de aquellas donde no podían faltar sus folletos de colorines. Tiempo también de abrir la ventana del patio de luces y gritarle tres cosas entre inocentes y malintencionadas a la hija de los vecinos con la esperanza de que llevaran a algún intercambio posterior de mensajes privados junto al hueco de la escalera.

Qué tiempos aquellos primeros en los que la gente bajaba a las juntas de la nueva comunidad de vecinos con discursos kilométricos y oratoria distinguida, aderezada con gotas de la mejor colonia y la mejor de las sonrisas. Los tiempos en los que todos pensaban que en su futuro dependía del prestigio que obtuvieran en ella y mostraban lo mejor de sí mismos para obtenerlo. Eso fue hasta el momento en el que todos se dieron cuenta de que el prestigio costaba mucho y rentaba poco y, lo que era peor, de que tan ocupados como estábamos con nuestros propios parlamentos no escuchábamos a los otros. De ahí en un tiempo, la gente ni bajaba a las reuniones de tan decepcionada que había quedado. El pesimista del bloque decía que, a raíz de aquello, nuestra prometedora finca se iba a convertir en una más de las aburridas comunidades de la ciudad, donde sólo se ponía interesante la cosa cuando se dijera una palabra más fuerte que otra y no te encontraran de por medio.

Sebastián era un portero de la vieja escuela. De los que iban con el manojo de llaves repicando en el bolsillo a cada paso. Servicial, pero poco eficaz. Supongo que habría sido el más decente de los que pasaron por la entrevista, o quizá vino por recomendación de algún amigo. Eso ahora no importa. O se aburría demasiado, o necesitaba hablar, pero cada vez que necesitabas algo acababas dedicándole cinco minutos de tu precioso tiempo hablando del tiempo o del partido del Madrid. No era, tampoco, muy eficiente que digamos; pero entre que era simpático, voluntarioso y cobraba bastante poco los vecinos le tomamos cierta estima.

Pero Sebastián, como todo el mundo, tenía derecho a unas vacaciones y, como en las páginas de curiosidades de una revista del corazón vimos un artículo de la Escuela de Mantenimiento de Fincas Urbanas, decidimos pedirle un becario mientras nuestro querido portero se iba a remojar las carnes a Gandía.

Fue así como nos llegó, con su polito blanco y sus vaqueros, con pinta más de empollón de escuela que de alevín de portero; quizá algo seco, quizá algo feo, soso hasta la extenuación… pero siempre tan rápido y eficiente. Esas esperas tan llenas de humanidad como inútiles en las que Sebastián te informaba de los resultados de la Liga y del anticiclón de las Azores se convirtieron en el placer de poder echarnos cinco minutos antes sobre el sofá o de adelantar la firma del armisticio del almuerzo con un estómago en pie de guerra. Lo sabía todo, lo ordenaba todo. Tenía siempre la solución perfecta a cualquier problema. Era tan eficiente como desgarbado. Y, encima, salía gratis.

Dos días antes de que volviera Sebastián, el nuevo portero se acercó al presidente y le dijo que él podría seguir trabajando gratis para la Comunidad. El presidente, que no por ser rotatorio era más tonto de lo normal, se le quedó mirando durante un buen rato y, si no fuera porque lo dijo tan serio, se le hubiera reído en la cara. “¿Pero, entonces, de qué vas a vivir, chaval?”.

“No se preocupe, yo me apaño”.

Un tipo raro. Un portero que no cobraba. Muy tonto tenía que ser o muy desesperado por una primera experiencia laboral. Pero allá él. Un trabajador excelente y gratis. Convocaron una junta extraordinaria que jubiló anticipadamente y de mala manera a Sebastián y adoptó al nuevo portero, tan eficiente, tan joven, tan servicial… y tan barato. Doña Higinia, que ya chocheaba un poco, pasó varios meses pensando incluso que era un nuevo servicio del Ayuntamiento, pero lo cierto es que el novato entraba y salía de la portería sin ver un sólo euro de los vecinos.

Pasaron unos meses felices. A medida que el nuevo portero iba demostrando su profesionalidad, los vecinos nos íbamos preguntando cómo podríamos haber encontrado aquel chollo y, sobre todo, cuánto nos iba a durar. Algunos le miraban con la mezcla de compasión y explotación con que se mira a los tontos útiles, otros con la certeza de que -algún mes- reclamaría un sueldo para seguir trabajando y el presidente de la comunidad estaba preparándose ya para pedir el próximo becario a la Escuela de Mantenimiento de Fincas Urbanas.

El primer cartel nos sacó a todos y cada uno de los vecinos del bloque una unánime mueca de satisfacción de lo inocente que era: “Regalo gatito, atigrado”, en un folio garabateado pegado con celofán en la columna vecina al ascensor de la izquierda. En él ya se integraba el casi imperceptible “razón portería” que tan familiar se nos haría a partir de entonces.

El cartel del gatito, precioso, se quedó por allí un par de días. Don Fernando, que siempre ha sido el más gruñón del edificio, hizo un par de comentarios sobre el cartel y la estética del portal, pero parecía tan repulsivo hablar mal de aquel pequeño felino que se le quitaron las ganas después de sentir las miradas como puñaladas de sus compañeros de ascensor mientras salía en el tercero.

A los tres días, el gatito fue sustituido por el concierto de un grupo amigo del portero. El presidente dejó de considerar aquello un gesto humanitario de la comunidad y llamó al susodicho a un aparte.

“Por cada persona que va al concierto, me dan un euro. Dado que no cobro nada, creo que es justo que pueda intentar ganarme unos cuartos de esta manera”, le dijo el portero.

Al presidente no le gustó aquello, pero le parecía que, en el fondo, razón no le faltaba al chaval y que tampoco iba a ser cosa de hacerle enfadar y que cogiera la maleta y su nulo sueldo y saliera por la puerta dejando un vacío muy caro de cubrir.

Algunos vecinos rezongaron un poco y otros lo vieron hasta con algo de simpatía, como lo de los niños que venden limonada aguada en las películas americanas. El chico lo hacía bien y, si encontraba alguna manera de sacar un dinero estaría contento y se quedaría más tiempo trabajando excepcionalmente bien a cambio de nada.

Del concierto de los amigos pasamos a la librería del centro y, de repente, a la solitaria hoja garabateada junto a la columna del ascensor izquierdo se le unió una segunda de una tienda de venta online de submarinismo. Aquí ya el presidente puso mala cara y a Don Fernando ya no se le oía cuidarse tanto en sus críticas frente a los vecinos.

“Si no me dejan poner estos pequeños anuncios que me garantizan un sueldo, no podré seguir trabajando gratis en este edificio. ¿De verdad molestan tanto como para que prefieran pagar a otro portero ahora que ya me conocen?”

El presidente entendió las razones, pero no le gustaron. Tanteó a la Escuela de Mantenimiento de Fincas Urbanas, pero allí les dijeron que aquel era su mejor alumno y que, de los que les quedaban, ninguno aceptaba trabajar gratis. Nueva junta y, ante el todo o nada de su portero, todos dijeron que sí. El portero se llevó el odio de algunos y la simpatía de otros muchos, encantados de que su amado empleado hubiera encontrado, al fin, un modo de vivir que le dejara a su lado por mucho más tiempo y, por supuesto, sin cargar las ya maltrechas cuentas de la comunidad.

Los vecinos empezamos a ver cómo aquellas hojas garabateadas ganaban en número de anunciantes y formato. Del rotulador empezamos a pasar a la impresora y algunos vecinos empezamos a notar, también, que cuando entrábamos al portal hablando de un tema, el nuevo portero se acercaba a la columna de los anuncios y cambiaba algunos de ellos por otros sorprendentemente relacionados con la conversación que estábamos llevando a cabo. A los anuncios de la columna se le unieron, semanas más tarde, un par de ellos dentro del ascensor.

Como le teníamos cariño, nos alegraba que a nuestro portero le fuera bien. Su imprescindible polo blanco había dejado de ser una prenda barata del almacén chino para transmutarse un día en un laurel, otro en un cocodrilo y el siguiente en un caballo y compró a buen precio un garaje en la finca en el que aparcó su coche nuevo al lado del de los vecinos.

Un día, el vecino del quinto, que tiene una frutería, quiso aparecer en aquellos mensajes que tanto éxito parecían tener. Habló con el portero y, con una propina de por medio, dejó ver su negocio ante todo el que pasaba. De aquella, la tienda salió muy reforzada y él se paseaba con la cabeza altiva por el rellano explicando el secreto de su éxito a todo aquel que tuviera la mala suerte de salir a bajar la basura en aquel momento.

La voz se fue corriendo por el barrio y, pronto, el portero empezó a tener muchos anuncios para mostrar. Con la estupefacción del presidente y un casi infarto de Don Fernando, donde un día hubo hojas de papel surgió una pantalla plana que cambiaba sus mensajes según nos íbamos acercando a ella unos u otros vecinos. A veces, incluso, mensajes demasiado íntimos o demasiado personales que luchábamos porque no nos enrojecieran y delataran. Vaya cara la del estirado del sexto cada vez que entraba en el portal y aparecían de la nada anuncios de una clínica para adelgazar. Y qué mal rato pasaba el chaval del segundo cada vez que entraba junto con algún vecino y se encontraba de frente la sugerencia de apuntarse a un portal de búsqueda de pareja gay.

El nuevo portero comenzó a tener muchos clientes. Demasiados para las tres o cuatro pantallas que había puesto entre el portal, el rellano y los ascensores. No daba abasto. Fue entonces cuando se dio cuenta de que si le daba unas monedas a los chiquillos del barrio, ellos estarían encantados de insertar sus mensajes en todas las cosas e historias que contaban. Así, los anuncios de miles de comercios entraron en miles de casas de todo el barrio por chicos que- si estaban dotados de la elocuencia suficiente- tenían dinero hasta para algún vicio caro. Tras ellos fueron los abuelos, las amas de casa, los estudiantes universitarios y hasta los padres de familia los que acabaron sucumbiendo a los ingresos extras ¡Nuestro portero había convertido a cualquier persona del barrio en alguien capaz de ganarse la vida con sus chismorreos! Era un grande. Y era nuestro. O, al menos, eso creíamos entonces.

Pero aquello no era suficiente y un día, en plena euforia, en los tiempos en los que la prensa venía a hacer reportajes a nuestra comunidad, aparecieron nuevos buzones en el portal. Preciosos, enormes, de diseño sencillo y funcional y en los que nuestro portero se las había apañado para neutralizar a las decenas de carteros comerciales que nos visitaban cada día. Aquello era más de lo que habíamos soñado. Era fantástico. Y era gratis.

Pero a los dos días, me llegaron dos sobres abiertos y bajé a portería a pedir explicaciones. En el nuevo buzón me abrían las cartas. Me enfadé mucho, pero me dijo que era sólo para conocerme mejor y saber qué me podía interesar. Que él quería darlo todo por los vecinos, pero necesitaba conocerles para servirles mejor. Jamás utilizaría el contenido de las cartas para otra cosa que no fuera aquel fin.

“Entienda que es gratis. De alguna manera tenemos que aprovecharlo. De todos modos, tiene los buzones antiguos si los nuevos no le gustan”.

Y algunos volvieron, en efecto, a los mugrosos buzones del principio -qué rápido envejecen las cosas en nuestra mente, por cierto, cuando le pones algo más nuevo a su lado-; otros dieron su confianza ciega al portero y el resto nos quedamos con los dos buzones… por lo que pudiera pasar.

La vida era bonita en nuestra comunidad y seguíamos teniendo el portero más eficiente del mundo sin tener que pagar nada por sus servicios. Cada vez nos conocía mejor a todos. Ya no sólo nos saludaba por nuestros nombres, sino que empezaba a caer en los vicios de Sebastián y nos preguntaba si habíamos reservado ya ese billete de avión para nuestras vacaciones o si nos había gustado la nueva tienda de ropa de la esquina. A veces, daba casi un poco de miedo que te conociera tan bien. Sobre todo cuando estaba con alguien y me hacía alguna alusión que sólo yo debía comprender. ¿Cómo podía saberlo? No obstante, teníamos tanta confianza en él que le dejamos una copia de nuestras llaves.

El portero seguía expandiendo su rango de servicios. Un día, se compró el mejor callejero de la ciudad y todos bajábamos a su cubículo cuando necesitábamos saber una dirección. Él nos indicaba, nos daba rutas y, como quien no quiere la cosa, de vez en cuando nos recomendaba un buen restaurante en la zona. Incluso, cuando el antenista quiso ponernos los nuevos canales -también gratis- se apañó con él para comprarle el negocio y hacerlo él mismo. La maniobra le falló con la señora que limpiaba las escaleras, que resultó ser una perfecta vía para enviarnos mensajes mutuamente entre los vecinos del bloque. Y mira que lo intentó veces, pero algo había en mí que me hacía dudar que fuera el mejor depositario de mi secreto y estúpido tonteo con las inquilinas del piso de estudiantes del primero. No se gustan y se miran de reojo, pero conviven aunque estoy seguro que, si pudieran, se harían la vida imposible.

Marcial, el de la frutería, se paseaba ufano por el edificio, sintiéndose un hombre de éxito. Pero en mi comunidad éramos gente con iniciativa y la voz de que las propinas al portero funcionaban empezó a correrse por todos los que en el bloque tenían algo que vender. Algunos de los que vivían de la calderilla que le daba el portero por sus chismes, deslizaban en la otra mano uno o dos billetes para ver si les hacía más populares. Aquello funcionaba.

Era importante ser amigo del portero. Aunque no le dieras una propina, si te trataba bien siempre te recomendaría o hablaría bien de ti a los vecinos. Unas cañas de vez en cuando, un regalo en Navidad, una sonrisa al entrar. Para algunos, entrar en el portal cada mañana era una competición para ver quién hacía más por él, aunque en el fondo aquel servilismo pudiera hacerte chirriar los dientes y empezar a odiarle en secreto. Incluso un día, un chico del tercero que se iba de cañas con él de vez en cuando, nos dejó debajo de la puerta una oferta de clases particulares para caerle bien a nuestro nuevo y exitoso portero.

Un día, además de las pantallas, nuestro portero puso un puesto de frutos secos en su portal, lo que a todos en la comunidad nos pareció un poco excesivo, pero nos dio un poco igual. A todos, menos a Antonio, vecino del cuarto izquierda y dueño de la bonita tienda de chucherías de la acera de enfrente, que llevaba un buen negocio con la cantidad de churumbeles que habían venido con los inquilinos del nuevo bloque. Su negocio sobrevivió a duras penas, pero desde entonces no dejó de quejarse ante la comunidad.

Antonio pidió una junta por el puesto de frutos secos y el presidente de turno, que tampoco las tenía todas consigo con el tema, consintió. “Lo hace mejor que tú”, “no has conseguido adaptarte a la competencia”, “el mundo es de los listos”, fueron las contestaciones del resto de la comunidad, que pensaban más en lo bueno, bonito y barato que les salía un portero gratis que en el desarrollo del pequeño comercio.

Y Antonio, al que hasta entonces no le había hecho falta ningún tipo de publicidad, comenzó también a deslizar de vez en cuando un billete en el bolsillo del portero, buscando recuperarse.

Yo me llevaba bien con él. Nos íbamos de juerga algunas veces y, de vez en cuando, hacíamos negocios. A él le gustaban cómo mis historias vendían a sus anunciantes y yo, cuando tenía el día generoso y me debía algún favor, le pagaba las copas. Tanto gente del bloque como de otros edificios vecinos se me acercaban para pedirme que mediara con él en algo que necesitaran.

Por esa buena relación puede que mirara hacia otro lado cuando, de un día para otro, la puerta principal del edificio apareció bloqueada y, de repente, el portón lateral se convirtió en la principal salida a la calle. La puerta chirriaba y todos pensamos que iba a ser una reparación temporal. Pero la puerta nunca se arregló y el portero nos dijo que, en el fondo, para qué íbamos a abrirla de nuevo si la calle a la que daba el portón lateral era más ancha y elegante que la de nuestra entrada principal.

Marcial me cogió un día por banda en el rellano, intranquilo, y me dijo que desde que habían cerrado aquella puerta, su frutería recibía la mitad de clientes, ya que era el principal acceso desde el edificio. Le pregunté si había cerrado el negocio y me dijo que no, que había deslizado dos billetes más en el bolsillo del portero y lo había compensado con más anuncios. Como era colega del portero, no le hice caso.

Pero, casi de un día para otro, yo también dejé de ser interesante para el portero. Cada vez íbamos a sitios donde me costaban más las copas con las que les pagaba los favores. Y, un día, decidió que mi ropa no le gustaba, mis modales le incomodaban, mi estilo de vida le parecía demasiado sencillo. Decidió que yo, en general, sobraba y pasó a compañías más sofisticadas o, directamente, a los miles de personas que estaban como locos por pagarle los gin-tonics deluxe que yo ya no podía pedir que pusieran sobre la barra.

Y, claro que sí, pasé de ser el chico de moda al proscrito de la escalera. Los vecinos empezaron no sólo a dejarme de pedir que intercediera por ellos ante el portero, sino incluso a dejarse ver conmigo, no fuera a ser que ellos cayeran también en desgracia.

Marcial cayó conmigo a los infiernos. Era un buen hombre y un buen tendero, pero -poco a poco- los billetes que tenía que poner en la mano del portero empezaron a no ser suficientes ante los que ponían los dos o tres supermercados del barrio. Había subido, subido y subido hasta que se dio cuenta de que, lo que antes era una propina, hoy era todo su margen y no podía llegar a más. No hubo recuerdos del pasado ni tratos privilegiados. Lo siento, son negocios. Nada personal. Y fue así como la frutería de Marcial tuvo que reinventarse.

“No invertís lo suficiente”, nos dijo Gaspar, el del segundo y propietario de una pequeña librería, un día que estábamos Marcial y yo expiando nuestros pecados frente a un café. Dos meses después, lo suficiente fueron sus pérdidas y se unió a nuestro peculiar club de los vencidos de la vida. Gaspar se había picado con un librero del barrio vecino en una carrera suicida a ver quién llegaba más alto: más dinero para el portero. Y a más dinero, menos margen. Y cuando no quedó margen, llegaron las pérdidas. Y así hubieran seguido, ensimismados, debilitándose mutuamente hasta aniquilarse, si no hubiera llegado una multinacional del envío a casa a hacerles sentirse con la primera de sus ofertas como niños del parque que se han colado en un partido de selecciones nacionales.

Antonio, Gaspar y Marcial, frustrados, pidieron una junta en la que me llevaron a su bando por pura inercia y algo de despecho. A nadie le gusta haber caído en desgracia. Explicaron sus situaciones, alguno al borde de la rabieta, y nos llovieron las críticas de los que ni les iba, ni les venía nuestra vida. Nos echaron en cara- no sin razón- que sólo protestamos cuando nos fue mal, que nuestra queja venía de la envidia y de nuestra propia incompetencia y nos acusaron de querer perjudicar a toda la comunidad. “¡Es un servicio y es gratis! ¿Cómo podéis alzar la voz?”

Y, de repente, la fibra sensible: “Sabe dónde vivimos, lo que hacemos, cuándo estamos en casa y cuándo fuera, ve nuestro correo, las bolsas de nuestra compra y hasta nuestra basura. Nos sorprende ofreciéndonos un producto sobre el que hemos hablado esta mañana en el portal y -día sí, día también- se anticipa a nuestras palabras y a veces hasta a nuestros deseos”.

Y, como respuesta, el silencio. Y una voz que se alza en el fondo de la sala: “Sí, pero es gratis. Y hoy no podríamos vivir sin él”.

Aún así, el argumento de la privacidad nos lo compraron y- para ponerle coto- decidimos instalar un nuevo videoportero automático que nos permitiera, al menos, tener conversaciones desde la calle con nuestra casa sin tener al portero en el rango de escucha. Qué bonito era cuando nos lo enseñaron. No pudimos permitirnos la blancura inmaculada del más caro, pero la segunda opción nos ilusionó sobremanera con aquella pantalla táctil que permitía localizar a los vecinos en el directorio. Fuimos a firmar el contrato de instalación y nos encontramos a nuestro portero. Era el propietario de la empresa que los fabricaba.

Hoy he pasado por el portal y me ha asaltado a la salida de su cubículo para decirme que, si me interesa, ha encontrado un vuelo a un precio fantástico para mis próximas vacaciones en Canarias que llevaba unos días planeando con unos amigos. En mis cinco segundos de estupefacción, ha aprovechado para quitarse de encima de mala manera a un mendigo borracho y dos gitanillos rumanos que han ido a pedirle dinero por transmitir su publicidad. Se ha corrido tanto la voz que hoy ya todos van contando sus historias para incluir los mensajes de mi portero. Ya da igual que sea el mismo que han repetido por la mañana en el mercado o que sea necesario crear una mentira para llamar la atención.

Pero, cuando empezaba a pasar del amarillo al rojo, me ha dicho el precio y eso ha podido más que la indignación de sentirme vigilado. Me ha dado una tarjeta y he ido a una agencia en la que, a ese precio, han intentado sumarle una comisión de gestión de casi el mismo importe. Me he sentido idiota.

Idiota se siente también Emilio, que dirige el local de la agencia de viajes que tenemos en los bajos del edificio. Me lo he encontrado a la puerta, fumándose un cigarro ante la falta de clientes, y como estaba aburrido, le he contado mi historia mientras me miraba precios para mi viaje. Dudo que le compre el billete a él. Nuestro portero nos ha visto entrar a la agencia y estoy seguro de que, cuando vuelva a entrar por el portal, me encontrará una oferta a un precio más bajo. Emilio estaba enfadado. Al final de la conversación, gruñía de muy mala manera. Dice que va a hablar con alguien del periódico y del Ayuntamiento, pero no creo yo que esto le haga muy popular.

Y así transcurre la vida de nuestro edificio. El que toda la ciudad conoce por la eficiencia y gratuidad de su portero, aquel con el que compite mi vecino Antonio por vender más pipas, aquel al que el dinero que le ha dado durante años mi vecino Marcial ya no le parece suficiente y también aquel al que tarde o temprano dará la puntilla al negocio de mi vecino Gaspar con su tan glamouroso como casi secreto acuerdo con la megalibrería a distancia.

Porque lo mío, al fin y al cabo, es una de esas cosas que tiene la vida. Encuentros y desencuentros. Y como hoy he quedado atrás, igual mañana le hace gracia el jersey que llevo y escenificamos una dulce reconciliación de esas de aquí no ha pasado nada. Y, en el fondo, más me vale. Y quizá no tanto por el negocio que ganaba con nuestros trapicheos, sino más bien porque este portero tiene las llaves de mi casa, sabe lo que como y lo que bebo, lo que hago y dejo de hacer, con quién me he acostado o quién ha salido de mi casa corriendo antes del desayuno. Sabe quienes son mis amigos, donde trabajo y a quién voto. Qué me apasiona y qué me da miedo. Desde mis enfermedades hasta mis complejos y, por saber, seguramente tendrá también algún indicio o, a lo peor, afirmación indiscutible de mis deseos más inconfesables confesados cuando no era consciente de estar rodeado por nadie en una noche cualquiera de borrachera. Es el maldito testigo de una vida que, aunque jure y perjure que no tiene nada que ocultar, me hundiría en la miseria si se hiciera pública.

Confianza. Sólo la confianza en que no lo hará me salva del pánico que le tengo a alguien que vino a servir a nuestro nuevo hogar como siervo medio tonto y casi esclavo y que hoy recuerda más de mi vida que yo mismo. No seas malo, debería decirle. Pero jamás estaría legitimado para hacerlo desde otra realidad que no fuera la de la súplica.

Ese pánico de que yo, algún día, sea quien reciba como una puñalada la voz del malnacido que esconde su cabeza en la penúltima fila de la junta de la comunidad:

“Sí, pero… ¡Nos sale gratis!”

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