El restaurante de Takeshi, en Osaka

Menos ambiciosa fue la noche del sábado en Osaka, tras nuestra excursión a Nara, cuando decidimos tomarnos un tiempo de descanso, salir a cenar cerca de nuestro hotel y relajarnos un poco después de un viaje que empezaba a hacérsenos algo cuesta arriba por el cansancio. Así fue como acabamos en el restaurante de Takeshi.

Fue una casualidad. Estábamos al sur de Namba y no teníamos muchas ganas de movernos demasiado. Habíamos entrado en un pequeño bar regentado por un par de señoras mayores donde había algunos platos bajos plásticos en la barra y fotos de pescado crudo, así que le pedimos sashimi y cerveza como pudimos. A las señoras debíamos haberles pillado en fuera de juego, porque el sashimi de atún lo sacaron directamente del congelador y, aun no teniendo mala pinta, al morderlo parecía más hielo que pescado. Mala suerte, parecía muy auténtico.


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Como nos quedamos con hambre, seguimos callejeando hasta llegar a la avenida principal y, después de tres o cuatro intentos fallidos, nos decidimos por seguir al instinto y al agotamiento y entrar en un restaurante donde, para variar, tampoco había carta en inglés, pero nos dio buena impresión.

Fuimos la atracción del restaurante de Osaka

Desde luego, fue una gran elección gastronómica y de entretenimiento. Pasamos una hora divertidísima. Sin duda, los momentos de meternos en un restaurante donde nadie podía comunicarse con nosotros fueron los más divertidos del viaje. La comunicación se sustituía por improvisación y todos poníamos lo mejor de nosotros para que la noche saliera bien. Por alguna razón, supongo que por la paciencia y la simpatía de la gente que conocimos, las cosas siempre acababan saliendo bien.

Supongo que llegamos tarde. No había mucha gente en el restaurante y los camareros estuvieron más pendientes de nosotros y del entretenimiento que les dábamos. La comunicación, como en muchos otros sitios, era prácticamente imposible, pero tras los camareros vinieron el cocinero y el dueño, hasta un momento en el que los cuatro estaban alrededor de nuestra mesa bromeando con nosotros.

Volvimos a comer los yakitori que, como no entendíamos la carta, el cocinero nos sacó en crudo para que eligiéramos. Y no sé si nos abrió el apetito o qué, pero encargamos más sashimi y el dueño del restaurante, que como pudimos comprendimos que se llamaba Takeshi, nos invitó a un plato a base de láminas finas de pescado crudo que se hacía sumergiéndolo en una pequeña sopa de verduras calientes durante unos segundos. Delicioso.

Al final, fuimos la atracción de la noche para todos los empleados del local. No nos entendíamos, pero acabamos riéndonos todos de todos y haciéndonos fotografías para conmemorar el momento. Fue una experiencia de esas que te hacen confiar en la bondad natural de la gente.

Es más, la cuenta luego no fue nada abultada, pese a todo lo qiue comimos aquella noche y a habernos puesto desde el principio en manos de lo que pudieran sugerirnos los responsables del restaurante.

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