Excursión a las Cataratas del Niágara

Una de las visitas obligadas cuando se viaja a Toronto es la de las Cataratas del Niágara. Una maravilla de la naturaleza en la frontera entre Estados Unidos y Canadá, mitificada por las múltiples menciones que ha recibido en la literatura, el cine y la televisión. Sin duda, un lugar especial dentro de los atractivos turísticos de Norteamérica.

Las Cataratas del Niágara están situadas en el río del mismo nombre, que comunica los lagos Erie y Ontario y que sirve también para delimitar la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Incluso las propias Cataratas sirven como frontera entre ambos países, lo que ha servido para hacer una distinción entre las vistas que se tienen del lado estadounidense y el canadiense, siendo esta segunda la más espectacular. Si se cumplen los requisitos para pasar la frontera entre ambos países es posible atravesar la frontera por el Puente Internacional y disfrutar de las vistas desde los dos lados.

La ciudad importante más cercana a las Cataratas del Niágara es Buffalo- situada a unos 25 kilómetros en el lado estadounidense de la frontera-; si bien una buena parte de los turistas que se desplazan a ellas lo hacen desde Toronto, situada a poco más de 100 kilómetros de ellas y aproximadamente una hora y media de autobús. Así lo hicimos nosotros.

Hay varias posibilidades para llegar a las Cataratas del Niágara desde Toronto. Si queremos ir por nuestra cuenta, las compañías de autobuses Greyhound y Megabus nos llevan hasta allí, pero la oferta de excursiones privadas es muy abundante. Nosotros nos decantamos por la excursión de un día a las Cataratas del Niágara, Niagara on the Lake y una bodega cercana de la compañía Magic Bus, más que nada porque la diferencia de precio con las alternativas independientes no era excesiva y la ruta incluía lugares a los que nos costaría bastante tiempo llegar viajando en transporte público. El resultado fue bastante bueno gracias también al guía, que nos fue contando historias de la zona durante todo el recorrido.

Las Cataratas del Niágara

Comenzamos el viaje a primera hora de la mañana en Toronto y, tras algo más de una hora y media de trayecto por la enorme autopista por la que muchas personas que viven en la zona se desplazan cada día a la ciudad a trabajar, llegamos a la localidad de Niagara Falls -en el lado canadiense de las Cataratas- para encontrarnos de pronto frente a nosotros con la maravilla natural que representan.

Las Cataratas están situadas en una curva del río y marcan un cambio abrupto de nivel en su recorrido. Si nos fijamos en la parte inmediatamente anterior a las mismas -se ve especialmente bien desde el mirador de la Skylon Tower- veremos como el río avanza por un terreno bastante llano ocupando una amplia franja de terreno. Sin embargo, a partir de las cataratas, podemos ver como el río ha cambiado de dirección y de paisaje, pasando a discurrir por la parte baja de un cañón relativamente estrecho, bastantes metros por debajo del nivel de las tierras que le rodean.

Las Cataratas del Niágara son, precisamente, el lugar en el que el río Niágara cambia abruptamente su aspecto y salva el desnivel que entre una y otra parte.

Cuando nos encontramos frente a las Cataratas vemos que, en realidad, se trata de dos cataratas diferentes separadas por unos metros de distancia y la llamada Goat Island (Isla de la Cabra). La frontera está situada en el centro del río. Una de las dos cataratas es recta y está situada en el lado estadounidense. Es la de menor altura y la que rompe antes en la roca. La otra, situada a un par de cientos de metros, es la llamada Horseshoe Waterfall (catarata de herradura) por su forma semicircular y es, con diferencia, la más espectacular de las dos y la que tiene mayor altura.

Niagara Falls

La Horseshoe Waterfall desde el lado canadiense

Wikipedia nos apunta que la Horseshoe Waterfall tiene 53 metros de altura y 790 metros de anchura. Independientemente de las cifras, verla en directo impresiona mucho. El lado canadiense cuenta con un paseo peatonal junto a las cataratas que, en la parte inmediatamente anterior a la misma, nos sitúa muy cerca del agua y nos permite darnos cuenta de la fuerza y velocidad que lleva el río. La imagen de la caída impresiona. Vemos como, de repente, el agua que corre tan rápido a pocos centímetros de nosotros desaparece del paisaje y sólo vuelve a aparecer decenas de metros más abajo.

Junto a la caída de las cataratas, además de hordas de turistas, nos encontramos también con la humedad continua del agua pulverizada que surge de las mismas y que nos empapa ligeramente a todos.

Cataratas del Niágara

Vista de una de las Cataratas del Niágara desde el mirador de la Skylon Tower

Tenemos también la posibilidad de ver las cataratas desde el propio río gracias al popular barco Maid of the Mist, que se acerca todo lo que puede a la catarata Horseshoe -que es bastante- y te permite tener una vista privilegiada de cómo cae el agua a cambio de una tarifa cercana a los 20 dólares y salir bastante mojado de la experiencia. Navega sólo desde finales de la primavera a principios del otoño no tanto por la bajada de la demanda, sino porque no es extraño que desde río arriba se desplacen bloques de hielo que caigan por la catarata, con el consiguiente peligro para la navegación.

Este paseo del lado canadiense se prolonga aproximadamente por un kilómetro y nos permite alejarnos lo suficiente como para tomar fotos con perspectiva de ambas cataratas. Es un paseo muy agradable, pero que una vez visto y recorrido no da para más. Sin embargo, cuando parece que es el momento de irnos para casa, es cuando nos encontramos con la población de Niagara Falls, todo un pueblo al servicio del turista que va a ver la catarata.

Siempre se dice que el lado canadiense es el mejor para verlo y es cierto. Por una parte, porque es el que nos permite ver de frente la catarata del lado estadounidense y, por otro, porque la geografía hace que la mayor parte de la Horseshoe quede dentro de su territorio y la orilla permita contemplarla más cómodamente que desde la Isla de la Cabra. Además, nos permite tener una visión global de cómo es el río antes y después de las Cataratas, lo que es algo más difícil desde el lado de Estados Unidos.

La Niagara Falls canadiense -hay una ciudad con el mismo nombre en el lado americano que durante años ha sido el destino predilecto de los viajes de novios- es una localidad pensada por y para el turista, con lo bueno y lo malo que eso conlleva: Decenas de moteles, un par de grandes hoteles y casinos, restaurantes de todo tipo, parques infantiles, centros de atracciones y demás propuestas de ocio turístico para toda la familia con las que completar la vista de la maravilla natural.

Niagara on the Lake y el Ice Wine

Dejamos atrás las Cataratas y continuamos nuestra excursión paralelos a la orilla del río Niagara viendo desde el autobús el cañón que le lleva hasta las proximidades del Lago Ontario, con los rápidos que va formando a su paso. En el camino nos detuvimos en el llamado Whirpool, una curva en el río que tiene la particularidad de hacer que el agua forme un remolino de 365 grados antes de seguir su camino río abajo. Sobre el remolino hay un curioso funicular conocido como el Whirpool Aero Car, diseñado a principios del siglo XX por el ingeniero español Leonardo Torres Quevedo y que sigue en funcionamiento como una atracción turística que permite estar literalmente colgado a varias decenas de metros sobre el remolino del río Niágara.

Whirpool Aero Car

El Aero Car, diseñado por Torres Quevedo, sobre el río Niágara

Desde ahí, nos separan pocos kilómetros de Niagara on the Lake, la siguiente parada del viaje. Un pequeño pueblo colonial, de casas bajas y arquitectura muy tradicional situado ya en la orilla en Lago Ontario. Bucólicas praderas a la orilla del lago, casas de otros tiempos, algunos coches de caballos turísticos en las calles y mucha tranquilidad. Todo ello aderezado con una buena cantidad de cafés, restaurantes y tiendas que venden dulces y repostería de la zona. Niagara on the Lake, aparte de un pueblecito tranquilo y tradicional, es todo un paraíso para los golosos y tiene fama en la región de Ontario por la cantidad y calidad de sus dulces.

Niagara on the Lake

Niagara on the Lake es un bonito pueblo de arquitectura colonial

Desde ahí, regreso a Ontario con una última parada sorprendente en una bodega local para probar el Ice Wine, el vino típico de la zona, que tiene la particularidad de que se obtiene de uvas que son recogidas cuando las bajas temperaturas nocturnas las han hecho congelarse. De ellas sale un tipo de vino que, aun contando con diferentes variedades, suele ser extremadamente dulce. Aparte de caro, por supuesto.

Degustación de Ice Wine

Una degustación de Ice Wine, el vino típico de la región

No obstante, pese a la pequeña dimensión de las bodegas y la importancia relativamente pequeña de los caldos de la zona dentro del panorama vinícola mundial, en la región del Niágara se habla con mucho orgullo de este típico vino local. Incluso personajes populares de la zona- como el actor Dan Aykroyd, propietario de la bodega que visitamos y que da su nombre a una de sus marcas- han invertido cantidades considerables en la producción de vino en la zona.

Volvemos a Toronto ya bien entrada la tarde, después de un día muy completo en el que prima el recuerdo de la maravilla natural de las cataratas. Una visita que no podemos dejar de hacer si vamos a Toronto.