Cómo nace y muere una burbuja en 20 pasos

Un artículo un poco bastardo el que os traigo hoy. Estoy enfrascado en la intensísima preparación de un viaje relacionado con la Working Holiday en Canadá -que dará mucho que hablar por aquí- y reconozco que no he hecho mis deberes de temas nuevos esta semana y que tampoco me gustaría aburrir al personal sacando de la nevera uno de mis artículos japoneses. Así pues, me concedo un respiro viajero y me lanzo a una tribuna libre.

Llegó Fitur 2012, la feria turística de referencia en España. Ya se ha hablado mucho de ella en otros medios, así que no me extenderé demasiado. Un año más, la marabunta cazafolletos de los fines de semana ha vuelto a sembrar el terror entre los expositores que tuvieron que quedarse el fin de semana (a quienes sus superiores, con mucho ojo, dejaron el encargo). Al menos, de ello han salido algunos artículos, como éste de El Fotógrafo Viajero, con una deliciosa mezcla de humor, lógica y mala baba que nos han sacado una sonrisa. Temo, de todos modos, que los “gorrones habituales” de este año han visto reducida su ingesta de comida gratis. Lo de los folletos, en cambio, no tiene remedio.

A cuento de Fitur y de gorrones llego a este artículo de Rumorismo Travel– una de las recientes incorporaciones al mundillo de los blogueros de viajes- con una conversación interesante. Y me viene a la cabeza la historia de la Tulipomanía que conocí gracias a los artículos de uno de mis blogs económicos de cabecera: Euribor.com.es-.

Y, no sé por qué, me viene a la cabeza esta reflexión sobre cómo las “burbujas” nacen, crecen, se reproducen […y con el nuevo Cucal aerosol] mueren y desaparecen.

Las veinte fases de la burbuja (en Technicolor)

Nacimiento (todo va bien, así que mucho verde)

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Tras una etapa anterior gris o después de un lanzamiento incierto, por fin un sector o producto determinado ha empezado a dar beneficios más o menos interesantes a quienes trabajan en él, ya sea económicos o en términos de imagen y prestigio.

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Un periodista -o ahora un bloguero, que está de moda- que tiene contactos personales o familiares con gente del sector determinado se da cuenta del auge del mismo y escribe un artículo sobre el éxito de sus conexiones cercanas sobre el tema, abriendo la veda de la notoriedad.

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Las noticias adquieren cierta relevancia y llegan a las manos de prescriptores, consultores y cazadores de tendencias. Los inversores profesionales invierten cantidades relativamente modestas en el producto como prueba; los no inversores, mantienen el ojo puesto y empiezan a escribir artículos y convocar congresos, cursos, charlas o seminarios con buena acogida.

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Los resultados de las primeras inversiones son positivos. Los pioneros del mismo han alcanzado importantes beneficios. Además, la notoriedad del producto sube gracias a su divulgación y comienzan a ser cada vez más frecuentes los eventos y conferencias relacionados con el mismo. Empiezan a sonar con frecuencia algunos nombres a los que ya se califica como “expertos”.

Se va hinchando (el verde tiene cada vez más de amarillento)

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Comienzan a llegar los primeros casos de éxito para los clientes que apostaron por estos productos y servicios en el primer momento. A medida que se van divulgando, nuevos clientes potenciales desconocedores por completo del sector buscan consejo y vías para entrar en el sector. Consultores e intermediarios comienzan a ganar mucho dinero.

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Profesionales de sectores relacionados de forma lejana con la actividad en auge comienzan a tomar posiciones en él. Ejemplos históricos: los agricultores comienzan a vender y plantar tulipanes, los “paletas” de toda la vida se lanzan a comprar y vender pisos, los redactores de contenidos lanzan proyectos de portales 1.0 y los responsables de marketing online hacen lo mismo con sus diversas oportunidades.

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Mientras los clientes demandan cada vez más información y aumentan sus gastos en el sector, los potenciales oferentes de servicios o productos empiezan a conocer las bondades del negocio por amigos y conocidos a los que ya le ha ido bien o por lecturas varias y se deciden a lanzarse al mismo. Sus resultados iniciales serán excepcionales.

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Comienza el “efecto llamada”. Ya son muchas las personas a las que les va bien o, al menos, dicen que les va bien. Nadie se considera más tonto que los que lo han conseguido, así que quien tiene la oportunidad también lo intenta. Da lo mismo si es a tiempo parcial o completo, con un plan de negocio definido o simplemente con intuición y buena voluntad.

Llegar a lo más alto (empieza a ponerse al rojo vivo)

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Todos parecen ganar y el ego se dispara entre los beneficiados. El que ha empezado con fuerza en el negocio lo achaca a su inteligencia superior a la de quienes le rodean. Se dicen muchas palabras que, con el paso del tiempo, serán la mayor condena de cada uno. Por la boca muere el pez. Hay, también, un efecto similar al de los primerizos que ganan en el casino: no se entiende que la pérdida es una posibilidad. Se obvian los riesgos y las inversiones y gastos se disparan aun sin tener garantías.

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Llegan todos los que faltaban al sector atraídos por supuestas verdades universales: “esto nunca baja”, “es el futuro y esto es sólo el principio”, “nunca faltará demanda”, “no entrar ahora significará que luego es más caro y perder dinero”. Personas que no tienen interés, conocimiento o motivación por este tipo de negocios y que jamás hubieran entrado en ellos se ven arrastradas a él. ¿Si los demás han ganado, por qué yo que soy más listo que ellos no lo voy a hacer?”.

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Los clientes empiezan a vigilar sus gastos. Aún mantienen la confianza en su inversión, pero empiezan a desilusionarse por resultados por debajo de lo esperado. Algunos empiezan a rechazar presupuestos por considerarlos demasiado elevados y vuelven con su inversión a las alternativas tradicionales. Sin embargo, se sigue vendiendo bien; muchas veces no abandonando el sector por miedo a que los competidores que mantienen esta estrategia puedan tener resultados positivos.

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Los beneficios del sector se reducen. Las ventas se empiezan a ralentizar y las que antes llegaban solas hoy requieren un esfuerzo comercial notable. El número de oferentes de productos o servicios es ya excesivo. La competencia es brutal. Muchos de los posibles compradores se han expandido al calor de la burbuja y se han convertido también en vendedores. Desde el sector se anuncia que es un momento de pausa durante el crecimiento y se anima a seguir invirtiendo en él para aprovechar las próximas subidas.

Todo estalla (del rojo al negro)

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Un factor externo desencadena el desastre. Puede ser una crisis económica, una nueva alternativa sustitutiva o algo tan sencillo como el fin de una moda. Los clientes o compradores potenciales frenan radicalmente su gasto.

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Hay muchísimos vendedores u oferentes, pero ya no hay compradores o demandantes. La pelea comercial es durísima. Caen los precios. Los clientes empiezan a darse cuenta de que han pagado mucho por servicios o productos que no lo valían. La “burbuja” estalla.

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Los actores más débiles empiezan a caer. Algunos de ellos lo hacen sin poder recuperar el enorme gasto de recursos que han efectuado para entrar en el negocio. Los inversores pierden dinero, las empresas relacionadas cierran y los expertos y consultores que no se han visto pillados por inversiones propias en el sector lo abandonan y se lanzan a replicar el modelo en otros productos de moda. El inversor se queda solo.

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El cliente se indigna por el sobreprecio que ha pagado y por los pésimos resultados de su inversión, que también le genera pérdidas. Huye durante años. El prestigio del sector y sus profesionales se hunde. De ser estrellas a ser villanos. El que más presumió, es el que más bajo cae.

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El sector está hundido en prestigio. Las inversiones se han reducido al mínimo, los resultados son limitados. Todos los que llegaron a él con el tiempo con ánimo de especular se han ido. En el barco quedan los auténticos profesionales de la materia tocados en moral y resultados.

El renacimiento (el regreso al verde esperanza)

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Sin embargo, la actividad no ha desaparecido del todo. Su volumen se ha reducido, pero sigue constante. Ha encontrado nichos donde los potenciales clientes siguen dispuestos a invertir y reciben resultados moderados, pero sostenibles. El sector se reorganiza. Los profesionales vuelven a trabajar. Al principio, como economía de subsistencia y posteriormente con un razonable beneficio.

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El cliente ha aprendido la lección y sabe qué puede exigir y cómo lograrlo. Ha recuperado la confianza e invierte con cabeza para obtener unos resultados más o menos acordes a las previsiones.

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Ha pasado mucho tiempo. El sector ha rehabilitado su prestigio, aunque con un borrón enorme en su historial. Los verdaderos profesionales vuelven a trabajar a un ritmo normal y los que un día llegaron atraídos por el éxito fácil salieron tan escaldados que no volverán a él.

 

Esperanzas burbujiles

La gran esperanza de una burbuja, para mi gusto y dado que creo que la ambición humana las hará repetirse una detrás de otra, es llegar lo antes posible al punto 20. No obstante, siempre hay historias de éxito de quien pudo aplicar el dicho “paren el Mundo que me bajo” a tiempo. La de Rockefeller y su limpiabotas es recurrente (a posteriori, siempre a posteriori de cada estallido…), pero aquí en España tenemos un referente más cercano.

Así que cierro esta reflexión con cuatro deseos sobre las burbujas: Que tengas cabeza para identificarlas, fuerza suficiente para no dejarte arrastrar por ellas, modestia cuando hablas de lo que te está beneficiando y dignidad para rehacerte cuando te haya arrebatado ilusiones y dinero.

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